martes, julio 22, 2008

Mayas del siglo XXI.

La dignidad es una luz que a veces se encuentra en lugares inesperados.
"Nada nos proporciona dignidad tan respetable, ni independencia tan importante como el no gastar más de lo que ganamos." Dijo una vez Séneca.

Esa dignidad llenaba la pequeña casa construida en una suerte de ramas, atravesaba la ventana y los pequeños resquicios del techo, haciendo dibujos en el suelo. Me encontraba en la selva mexicana donde aún viven mayas conservando incluso el idioma original y tradiciones ancestrales.
El idioma de los mayas, cuyas raíces tienen tres mil años, y las lenguas derivadas (quiché, cakchiquel, y tztzal entre otros), todavía son hablados por muchos habitantes del sur de México, Guatemala, Honduras y Belice.
Las mujeres continúan tejiendo sus trajes típicos con elaborados diseños de brocado, produciendo enseres de barro para el uso doméstico y la venta turística. Una chica maya nos enseñó como tejía las hamacas en la pequeña casa mientras nos mostraba diferentes artículos típicos mexicanos.

Cerca del hogar se erigían unas pequeñas placas solares para el consumo de la familia, subvencionadas por el Gobierno estaban instaladas por todo el poblado maya. Recordé por un instante las jaimas del campamento de refugiados de Dajla. Estaba a miles de kilómetros de Gavilia, Denbet, nuestra madre saharaui y ahí estaba de nuevo la tecnología para una subsistencia digna, hermosa.
Los niños me enseñaron dónde vivían. Era una habitación diáfana, realizada en ladrillo y anexa a la casita donde vendían sus objetos.
Allí era dónde todos juntos duermen, comen y los niños estudian y juegan. También donde la madre borda los trajes típicos, en una vieja máquina de coser rodeada de infinitos colores. La ropa estaba desperdigada a falta de armarios y la pobreza se respiraba en cada rincón.

Entonces comprendí que la primera casa era una especie de tienda para que los turistas pudiesen comprar recuerdos y así ganarse unos cuantos pesos para poder comer. *Foto placa solar en la selva mexicana.
Dos hamacas rotas y deshilachadas pendían de lado a lado de la pared, los niños, semidormidos, quizás hartos de visitas miraban somnolientos a la cámara. Apenas entendían el castellano, sus libros estaban en maya. Maravillándome de la memoria histórica de ese pueblo, recorrí las páginas de los libros de textos. Esa caligrafía perfecta donde las palabras aún siguen en las piedras de sus pirámides.

El maya es un legado cultural con más de 3 mil años de historia. El 99 por ciento de los 55 millones de pobres en México son indígenas, de los cuales 150 mil habitan en comunidades rurales de Campeche de alta marginación, según datos de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CNDPI).

El estado de Yucatán, donde me encontraba, cuenta aproximadamente con 52. 508 kilómetros cuadrados, lo que representa el 2.2 por ciento de la superficie de México; limita con los estados de Quintana Roo y Campeche y con el Golfo de México. El estado cuenta con 300 comunidades indígenas, cuyo 58.7% de su población subsiste con 30 pesos diarios o menos, 78.9 %carece de servicios de salud y 31.9 % no tiene agua potable.

Desde el año 2005, que visité México, noto tristemente la deforestación de forma alarmante, de las selvas de Yucatán. Esto se traduce en el inminente desastre ecológico previsto antes de veinte años.

Un aumento del tráfico, nuevos y mejores coches se van atascando para entrar en las poblaciones. Me recordaron con orgullo que esta preciosa zona se dirige al “progreso”.

Y mientras cada vez ese “progreso” se traduce en polución, observo esta humilde familia, luchadores incluso con las nuevas generaciones por la preservación de su idioma y sus tradiciones. Por la supervivencia y resistiéndose a la llamada de la emigración para poder trabajar de albañiles, jardineros y barrenderos, en especial hombres entre los 15 y los 35 años. Eso sin contar con la demanda de trabajo en el servicio de los grandes hoteles de la playa en el se suele cobrar unos 300 euros al mes durante muchas horas a la semana.
*Foto niños mayas.

Y aquí entre los mayas del siglo XXI, nuevas generaciones entran de forma irremediable en ese crecimiento hacia la modernidad y la prosperidad engañosa que ciega culturas milenarias. Pero afortunadamente aún queda un reducto, un pequeño refugio digno que se resiste al cambio.
Nos despedimos. Ellos, acogedores, humildes, hospitalarios. Tan especialmente cuidadosos con su entorno, la naturaleza, los astros, el ciclo de las estaciones… Digo adiós como me enseñan, en maya: ka’a xi’itech.
Y me encamino a ese llamado “progreso” mientras miro hacia atrás.

2 comentarios:

Agnóstico Apático dijo...

Qué bueno el reportaje sobre tu estancia en México. Veo que entre lo que cuentas y lo que veo cada día en Santiago Atitlán no hay mucha diferencia. Las comunidades mayas entre sí tienen mucho más en común que con el resto de la sociedad, pertenezcan al país que sea. Aunque, tristemente, están muy desunidas entre sí y les resta fuerza a la hora de defender sus derechos (entre ellos los Humanos) históricamente machacados.

Puede que durante estos meses que estaré viviendo en Guatemala haga una visita a México, quizás a Chiapas que me pilla cerca. Intentaré comprobarlo con mis propios ojos.

Aquí existen al menos 22 idiomas indígenas. Y son muy diferentes los unos de los otros. Como se diría en tzutujil: Meltiox (gracias)

Alicia dijo...

Gracias agnóstico...
Que bien que estés en Guatemala, es un destino que tengo pendiente.
Besos y disfruta.